LA GUERRA DE LAS GALIAS LIB. I-III [Julio César]


Todos sabemos quién fue Julio César: incluso los incultos, por referencias indirectas, pueden hacerse una idea, por vaga que sea, de quién fue este personaje. ¿Fue un dictador? Sí, ¿fue uno de los grandes estrategas jamás nacidos? Sí, ¿fue cruel a veces y magnánimo en otras? Sí, ¿es responsable de la muerte de miles de vidas inocentes? Totalmente, ¿es también un gran escritor?... Pues sí.

Julio César me parece una figura fascinante por diversos motivos, y es una sana fascinación que no implica falta de crítica. Hoy quiero hablar de una de sus obras y de sus características, que he tenido el privilegio de leer en latín: La Guerra de las Galias (lib. I-III). El resto de la obra será cubierta más adelante, dado que los primeros tres libros forman algo así como una unidad y además están editados juntos en la edición bilíngüe de Gredos.

Esta obra tiene varias lecturas: el historiador interesado en la cultura gala prerromana tiene una fuente imprescindible, el historiador que se quiera acercar a la vida de los soldados también... ¿Puede alguien acercarse al libro para conocer a César? Y quizás aún más interesante... ¿Puede alguien acercarse al libro para aprender un estilo de escritura?

Mi respuesta es que sí, pero entiendo que puede haber una abierta oposición, especialmente entre los lectores de literatura moderna y los filólogos clásicos, muchos de los cuales preferirán las florituras de Cicerón. Yo sigo en cambio aferrado a la idea de que César era mucho más efectivo como escritor, mucho más que Cicerón, sin quitarle merito alguno a la obra del que fue en vida su antagonista: Marco Tulio Cicerón es uno de los grandes oradores y prosistas de Roma, pero su obra está afectadísima de una pomposidad y arrogancias propias de un hombre que no sólo es más inteligente que su público, sino que presume ante ellos de eso mismo. Eso da lugar a varios momentos de excelsa belleza que trascienden la literatura latina y que sin duda influyeron siglos después en la prosa europea a partir del Renacimiento, pero es un estilo que visceral donde la misma emoción que puede llegar a transmitir se pierde detrás de la arrogancia de su forma de escribir. Así que, guardado todo nuestro respetos a Cicerón como escritor ¿qué nos puede aportar César?

Pensemos en lo que es narrar una guerra en oposición a, por ejemplo, poner fino a Catilina en el Senado: la acción. La unidad mínima significativa en una narración de sucesos es la acción, el movimiento, el verbo. César construye su latín desde el núcleo mismo de la acción: el verbo, y en segundo lugar el agente, en la medida en que es necesario para entender la acción, y en tercer lugar el motivo, para poder entender la acción del agente del verbo. Esa es la cadena esencia: César nunca pierde de vista, en mi opinión, el orden de prioridades porque sabe dos cosas: primero que los textos iban a un público amplio, y en segundo porque quería igualarse a los grandes historiadores, bajo cuya sombra escribía. Posiblemente César, influido por la lectura de La Guerra del Peloponeso de Tucídides y siendo consciente de la oscuridad del mismo, decide rescatar del historiador griego el núcleo de toda narración. Por eso César es tan interesante en oposición a Cicerón. César sabe que el entretenimiento está en el verbo, y todo lo demás debe estar presente en la medida en que contribuya a comprender la acción. Con César uno siempre es consciente, cuando llega el momento del conflicto, de quién lucha contra quién y lo más importante, por qué.

Otra gran virtud de los tres primeros libros es que escalan lentamente hacia un final cada vez más épico: en el libro primero se empieza con lo que podría haber sido un capítulo insignificante de la historia de la Galia, los Helvecios deciden salir de sus fronteras, causando una serie de problemas en la provincia romana. El conflicto escala hasta volverse un enfrentamiento con los germanos. Los últimos capítulos del primer libro, donde se narra cómo de asustados estuvieran los soldados romanos y cómo César los inspira puede ser algo exagerado por el propio César, pero el efecto a niveles narrativos es muy bueno: convierte el final en algo más que una batalla más, y la victoria en algo más que una victoria más.

Que esto fuese idea de César para hacer propaganda es algo que no voy a discutir... pero qué gran pieza de propaganda. En los libros segundo y tercero el conflicto escala: primero los belgas y después toda la Galia. En cada libro sube César la apuesta, y lo que está en juego en cada batalla, cada reunión con los legados, en cada debate... es cada vez más.

Así que, ¿qué podemos aprender con César? A centrar nuestras prioridades narrativas en su elementos fundamental y construir desde ahí, algo en lo que fallamos hoy día. Vivimos en un mundo que está tan obsesionado con la personalidad de los personajes, estamos tan hechizados en las minucias de los conflictos internos de los protagonistas que se nos olvida que los protagonistas están ahí para ser agentes de una acción, no al contrario. César está tan obsesionado con esto que lo escribe todo en tercera persona, para que su yo no irrumpa en la acción y todos los personajes queden al mismo nivel narrativo (verbos siempre en tercera persona), en contra del yo de Cicerón, que es asfixiante. Muchos pueden pensar que hablar de sí mismo en tercera persona es cosa de egolatría... pero en el caso de Julio César lo dudo mucho... simplemente leed el libro: su obsesión es la acción, el movimiento: conjugar verbos en primera persona hubiese supuesto intervencionismo narrativo, la intromisión del yo en la homogeneidad de la acción objetiva.

Los entresijos de la personalidad se deben desarrollar tanto en narrativa como en cine a través de la acción, nunca fuera de ella. César sabe esto, y nos ofrece una obra que viene a ser el equivalente latino a Die Hard, Mad Max o Hard Boiled, esto es, el mejor cine acción, que es quizás un género que todos suponemos muy sencillo pero que requiere talento para ser escrito: un drama requiere menos talento que una película de terror o que una película de acción, porque priorizar el verbo por encima del agente es algo que no es tan fácil de hacer como aparenta, como tampoco subordinar los motivos a la acción.

Puede que el estilo de César no sea tanto algo a imitar en sí como una lección que aprender, una nota, un recordatorio de la elegancia y pureza de la sencillez.

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