EL CID (1971-1984) [Antonio Hernández Palacios]


EL CID es una de esas obras apasionantes del cómic que dejan una huella enorme. Yo he tenido el privilegio de leerlo dos veces... y es, repito, un privilegio. El cómic tiene algunos defectos que no se perdonarían en otras obras, pero la experiencia general es tan arrolladora que a estas alturas, Antonio Hernández podrían hecho lo que quisiera y yo habría seguido hasta el final del precipicio. Tal potencia tiene la obra, visualmente inolvidable.

Antes de pasar a valorar los mejores aspectos, me gustaría hacer el elenco de las cosas que no funcionan, porque son detalles menores sin importancia y mejor decirlas pronto. En primer lugar hay un fallo no tanto de guión como de representación de los musulmanes: desde Moctádir hasta el gobernador de Coimbra, así como en general el resto de personajes anónimos. Creo que se hace una interpretación muy castellanista y nacionalista de la historia: los musulmanes son representados como bereberes o beduinos que han invadido España y han sustituido a la población totalmente, lo que da una imagen falsa de lo que fue: el componente genético árabe de al-Ándalus es muy escaso, y lo más probable es que los musulmanes fueran en la práctica indiferenciables, salvo quizás por el idioma, de los castellanos o aragoneses. Este detalle es algo irritante, pero como digo, un detalle menor que se explica bien por la época en la que se escribió este cómic (principios de los setenta, época aún franquista).

El otro error, aún menor que el anterior pero digno de mención, es que algunas secuencias de acción adolecen de una falta de continuidad en la acción que molesta. Hergé por ejemplo es una maestro en las secuencias de acción, que ofrecen una continuidad perfecta y se entienden sin necesidad de diálogo. Aunque no es la intención de Hernández Palacios ofrecerte una experiencia de este tipo, creo que la impresión general que dan las escenas de batalla y pelea hubiese sido más satisfactoria si se hubiese atendido a las secuencia de acción de modo similar a Hergé. Pero de nuevo, creo que esto es un detalle menor, casi sin importancia.

La realidad es que pese a sus desaciertos, El Cid es una obra maestra para leer y releer, y con cada relectura apreciará el lector cosas distintas que enriquecerán su experiencias, y este efecto se debe, esencialmente, al poderoso e inigualable dibujo de Antonio Hernández Palacios, donde despliega un inmenso poder de atracción. Cada viñeta, cada encuadre... todo está lleno de una vida que rebosa y salta de los planos. Uno puede tirarse horas mirando algunas de los dibujos a página completa que hay en el cómic: como la ilustración de las cortes de León (página 72 de la edición integral). Algunas secuencias son realmente agonizantes: la toma de Coimbra es algo espectacular, y lo deja a uno totalmente pegado al asiento. El dibujo parece ser acuarela o acaso gouache alternado con acuarela con el típico entintado que se usa de forma magistral, porque Hernández usará por ejemplos zonas de color para diferenciar primeros planos, segundos planos, fondo etc., aventurándose con una paleta de colores que aunque sea casi irreal deja una impresión mágica y feroz. Véase por ejemplo la batalla por el castillo de Usúa, que está ambientada en una noche, y Hernández alterna tonos de azules con rojos y naranjas, generando un contraste violento que refleja la acción.


Y es que lo mejor del cómic es esa suciedad, ese dibujo donde casi puedes respirar el polvo que están inhalando los personajes, efecto que logra con herramientas como las arriba mencionadas. Hernández realiza una operación milagrosa única que merece ser recordada: traerte a la Edad Media, hacerte sentir la antigüedad, la mentalidad de los conquistadores, el dolor. Este hombre, y no granujas sin talento como Miró, deberían estar en un museo, y los originales del Cid deberían ser un tesoro nacional.

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