CONFESIONES (1): PRÓLOGO

El hedor a gasolina quemada y asfalto entran por la ventana del baño, que había dejado abierta para que corriese algo de aire por el estudio. Apenas cae agua fría del grifo de la ducha: me las tengo que apañar con la escasa agua fría que hay para poder aplacar el insoportable calor que tengo que aguantar cotidianamente entre el medio día y las seis de la tarde, cuando el sol, ya bajando, es más débil. Como en todo el estudio solo haya dos ventanas igual de pequeñas (cuadrados de medio metro de lado dispuestas en la misma cara del cubículo que es el estudio) apenas entra aire, lo que hace más dramático que, cuando entre, lo haga cargado de aquellos olores que, si bien no particularmente desagradables, estancan por un lado la atmósfera del lugar y me invaden, por otro, de recuerdos. En las largas horas que paso en absoluta soledad en Riadh Andalous (Ariana, Túnez), hay demasiado lugar a la memoria, la introspección y la retrospección: mirar atrás con la tentación de entender el propio pasado sin el riesgo de explicarlo proyectando el presente se ha convertido en una actividad que ocupa las largas horas de sol veraniegas, cuando el bochorno es tan fuerte que aletarga la mente y los sentidos, despierta el sueño e invita al cuerpo al descanso.

Sentado en la enorme mesa de madera, de tamaño familiar, pesada, que ocupa el centro del estudio y a su vez cercado por las tres camas que ocupan junto con la mesa todo el espacio disponible del lugar, dejándome apenas medio metro entre la cama y la mesa para poder poner una silla sentado en la cual pueda hacer uso de la mesa, suelo fijar la vista en la puerta, siempre abierta, de modo que pueda al menos reconfortar mis sentidos con el jardín. Los parroquianos habituales de éste son sus gorriones nativos (una pareja vive en la máquina de aire acondicionado del edificio principal, donde vive el casero, otras en árboles adyacentes dentro y fuera del jardín, de modo que siempre hay unos seis o siete gorriones volando de aquí a allá) cuyo canto consuela mis penas y estimula mi mente, una tórtolas reidoras, mirlos, un par de gatos cuyas actividades la noche me oculta, dos o tres lagartijas y un sapo que suele empezar a cantar al atardecer. Abejas, avispas, abejorros, moscas y mosquitos completan el cuadro. El único rastro de humanidad que hay es la llamada a la oración, las cinco. La voz del muecín, ya familiar, es la única voz humana a la que me he acostumbrado en estos días de soledad. Escribo siempre de modo que apenas levante la vista del portátil, el verde del jardín ocupe todo mi campo visual, como descanso necesario el brillo constante de la pantalla y el aburrido sonido de las teclas.

El objeto de estas confesiones, cuya redacción llevaba ya tiempo planeando, es dejar un testimonio íntimo y sincero de estos ejercicios retrospectivos a los que me dedico en estas horas de calor. Pero estos registros que me dispongo a publicar tendrán el mismo defecto que tiene mi mente, siendo como son un reflejo claro de su incesante y escrupulosa actividad: es mi deseo que sean multilingües, pues siendo yo mismo un políglota, no es sino natural el querer expresar mis pensamientos haciendo uso de todas las gramáticas, vocabularios y sintaxis que, por fortuna, he podido aprender en el curso de los años. Así es como llevo escribiendo mi diario desde ya más de seis años, un diario que he mantenido con absoluta y puntual constancia en más de cinco idiomas. La razón de publicarlos en este formato es que, sabiendo que no tendrán un gran público (ni soy ninguna figura de interés particular ni el publicar en varios idiomas a la vez me ayudaría a encontrar editorial), me parece mejor hacerlo así: no cuento con la presión de una editorial, no tengo que seguir unas formas ni mantener una estructura o una lengua. Ejerciendo máxima libertad, puedo tantos episodios en tantos idiomas como quiera. Esto no siempre es buena señal, pues bien es sabido que un artista es tan grande como las limitaciones que él mismo desea imponerse, y yo mismo soy amigo de imponerme toda suerte de limitaciones. Pero la única limitación que me puedo imponer es la sinceridad, y naturalmente, la calidad literaria del escrito, que dependerá como es natural de mi nivel de fluidez en las diferentes lenguas.

1 de Julio de 2022, Riadh Andalous, Ariana, Túnez

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