CONFESIONES (4): AMOR

Antes de que se iniciaran las obras que darían a la casa de mi padre, en Ciudad Jardín, su forma actual, la terraza que corona el bloque estaba toda descubierta, solo había en él un trastero con una tradicional puerta metálica que chirriaba al abrirse. Había también, si no me falla la memoria, una enorme jaula para pájaros más alta que yo, aunque yo por aquel entonces no era muy alto, no debía tener ni 10 años cuando mi padre y su esposa se mudasen a la que iba a ser su residencia por el resto de los días. En el trastero mi padre guardaba las herramientas, de manera más o menos desordenada, en varias cajas, una de las cuales contenía la sierra de madera: una barra metálica en forma de U en cuyos extremos se ajustaba un hilo de metal serrado con el que se cortaba la madera. No tengo más recuerdo de esa sierra que este: mi padre había dibujado sobre una fina tabla de madera a Bambi (el personaje de Disney), y había coloreado su dibujo. Una vez terminada la obra, procedió a recortarla con la sierra y lijar sus bordes para eliminar todo riesgo de pinchazos o cortes por astillas indeseadas. Recuerdo a mi padre con la sierra, dando forma a la silueta del animal. Una vez terminó, realizó un pequeño agujero y coló por él los típicos anillos de metal que se usan en los llaveros. Una vez insertados todos, el producto quedó preparado: un llavero de Bambi. El destinatario de semejante cursilería no era yo, naturalmente, sino el que sería el primer amor de mi infancia, o más bien, la primera persona por la que me sentí atraído sexualmente en mi vida, en esa rara etapa entre los 10 y los 12 años en que uno comienza a entrar en ese mundo. Mi padre, al que había confesado mis sentimientos por Ana (así se llamaba, y recuerdo aún sus apellidos), decidió en diseñar él mismo un obsequio femenino con el que conquistar su corazón. Esta costumbre suya de hacer todo por sus hijos, creo, que le ha causado más desgracias que otra cosa, porque retrasó en su progenie la muy necesaria capacidad de enfrentarse por uno mismo a ciertos desafíos. Mi padre, pienso ahora, debería haber dejado en mis manos el obsequiar o no a la chica, y en el caso de decidirme por regalarle algo, dejarme a mí agencia sobre qué y cómo regalar. Aquel llavero cambió el curso de mi relación con Ana con tan escasa efectividad como mis intentos, previos y posteriores, de acercarme a ella y mantener una conversación. Mi admiración la llevaba en silencio, como tantas otras frustraciones, deseos y aspiraciones cuya confesión me arrancaban mis padres siempre con esfuerzo. Con el tiempo este silencio ha llegado a las más altas cumbres: no mantengo conversaciones acerca de asuntos privados con ningún miembro de mi familia excepto, y en contadas ocasiones, con mi hermana. No tarde mucho, conforme iban llegando las primeras remesas de hormonas, en componer poesías y otras sandeces que no hicieron sino ponerme en ridículo delante precisamente de las personas que más me gustaban. En mi cabeza, por supuesto, aquellas composiciones vagamente rimadas tendrían una virtud conquistadora implacable, pero demasiadas películas me habían hecho tan ajeno al principio de realidad que era difícil para mi ser realista en mis expectativas.

La realidad supera la ficción, pero la ficción es mejor que la realidad. Este ha sido el tema principal de todo mi pensamiento: nosotros podemos hacerlo mejor que la naturaleza. Las historias en la vida real deberían acabar como acaban en las buenas películas: cuando el arco del protagonista se complete, que baje el telón, que empiecen los créditos y los agradecimientos, cerramos el libro. Desafortunadamente en la vida real estas cosas no existen: la vida no tiene trama, los acontecimientos de nuestra existencia no suceden de acuerdo a una estructura orgánica diseñada para cumplir una meta final (el clímax de una obra) sino que los minutos, horas, días, meses y años se apilan unos detrás de otros sin orden, sin que ninguno sea más importante que otro de manera objetiva. No hay trama, en la vida no hay clímax, solo presente. Esto es precisamente lo que hace de este valle de lágrimas un lugar tan aburrido: no hay argumento.

Cualquier persona con cierto instinto creativo (escritores, guionistas, actores...) siente que el arte es refugio de sus miserias personales, y que, en el fondo, lo que digo es verdad: la ficción, en cualquiera de sus formas, es mejor que la vida misma. Las grandes obras son un reflejo de la vida, es cierto, como lo es el hecho de que no hay peor guionista que el que no haya observado la naturaleza. Ser artista es ser un gran observador, o más bien, requiere como paso inicial ser un gran observador. Pero pintores, poetas y cineastas aprenden, contemplando las cosas, cómo trascenderlas. Hacer un montaje de dos horas con los momentos estelares de un ser humano corriente es un vídeo, no una película --no valdría ni para documental.

Yo apenas recuerdo, afortunadamente, las escenas más íntimas de mi infancia. Las aguas del Leteo me han bendecido inundando mi memoria, dejando amplias lagunas allá donde tanto el tedio como el sufrimiento podrían haber causado mayores estragos. La fortuna me ha tratado mal, pero al menos tengo el gusto de haber olvidado casi por entero mi infancia --y la mía no ha sido tan traumática como otras, ni ha sido, creo, particularmente mala. Pero algo que no he olvidado, desde los días de mi infancia, son las películas. Las escenas de Excalibur, Parque Jurásico, La Guerra de las Galaxias, Los Hijos del Capitán Grant, Indiana Jones... Están ancladas en mi memoria. Y desde que era pequeño ya estaba convencido de que la vida real debería ser como el cine, y tarde años en darme cuenta de que ficción y realidad eran cosas separadas.

Para mí era natural expresarme en poesía, y darle forma a mis sentimientos (más bien ingenuos) la forma de una rima. En este arte llegué a ser excelente, y también un absoluto fracaso. Cómo si viviera yo en las fantasías que habitaba en mi tiempo libre, o más bien, como si todos los demás también vivieran en el mismo sueño colectivo, yo escribía mis poemas de amor como quien avanza en la trama de su propia historia. Recuerdo las primeras mujeres que despertaron en mi la pasión amorosa allá en la infancia, cuando nos empiezan a preguntar los adultos si hay quien nos guste en la clase. Mis padres, he de decir, alentaron esta pasión, en lo cual no sé si hicieron bien o no, porque no hay bípedo en este planeta que haya recibido más calabazas que yo. Por mi cabeza circulaban todas estas escenas, imaginadas por mi, en las que yo y la chica de turno nos besábamos (al principio no sabía qué más se hacía exactamente, y a esto añadiré que, de las películas que más me impactaron fue Excalibur, en la cual hay un escena erótica terrorífica: la noche que se concibe Arturo. Uther, gracias al encanto de Merlín, yace con Igraine bajo la apariencia del esposo de ésta. A no ser que esté el lector familiarizado con la escena, no puede entender por qué fue tan impactante para mi: fue la primera vez, al menos que yo recuerde, que vi a dos personas follando). Pero estas escenas tenían tan pobre correspondencia con la realidad que anularon, casi por completo, mi pasión por la poesía, al menos la amorosa. He escrito muchos poemas arrastrado por sentimientos (más bien de dolor y desengaño) pero pasada la adolescencia ya nunca llevado por la pasión amorosa en sí. No sabría como recrear esos versos primeros de mi infancia, llenos de esperanza y vitalidad --porque estaban llenos también de la natural ingenuidad que acompaña a esos años.

Me sigue sucediendo en ocasiones que vuela mi imaginación, y en un momento veo, como proyectadas en una enorme pantalla, escenas que podrían pasar con tal o cual persona. Pero la fortuna ha tenido a bien castigarme ya tanto que apenas hago caso ya de mis más íntimas ficciones. Incluso bajo la certeza de estar en una relación con la persona amada, la fortuna me ha castigado por osar cruzar el umbral de lo que las parcas me han concedido, por intentar tener más de lo que me corresponde. No soy una persona fría, pero mi afecto es ya desprendido, estoico --en ocasiones incluso cínico. Si la fortuna se ríe de mis desgracias, con más derecho podré reírme yo de ellas, de mi lote, de las parcas y de la misma fortuna. Siempre vuelvo al arte, en cualquier caso, para suplir esas faltas. El cine y la literatura me ayudan a suspender el juicio por un momento y vivir, en la ficción, el amor. Leyendo El amor en los tiempos del cólera descubrí mil formas de amar y de ser amado --más de las que yo jamás viviré. La victoria final de Florentino es la ficción más bonita que he leído sobre el amor, y me suena tan distante y ficticia como cálida y digna de las más sinceras lágrimas de alegría --lágrimas que despierta la certeza de que ese amor pertenece a la ficción, no a la realidad, o al menos, a mi realidad.

Me impresionan los amigos que llevan Dios sabe cuántos años en una relación --una relación más larga que dos años me parece una epopeya que no soy si quiera capaz de concebir en el tiempo y el espacio, por mucho que haya tratado de lograr superar esa cifra. Me pueden los gestos sinceros de afecto, que veo en los amantes en la vida real, en amigos y conocidos, como si la fortuna quisiera de algún modo castigarme susurrándome para ti no. No es que llore de pena, pero tampoco salto de alegría. Especialmente cuando he dado tanto en más de una relación por ver lo que solo he visto en sueños. Escribo en octubre del 2022, Sevilla. Llevo más de un año soltero, con el tormento encima de no acabar de salir de los dolores de mi última relación --un amor que estuvo a punto de romper las líneas que separaban la realidad de la ficción. Tan bonito en sus mejores momentos que amenazaban con hacerme feliz. Quizás por eso precisamente la fortuna me lo quitó --y "quitar" aquí es una palabra muy débil. Debiera decir arrancar de las manos, robármelo -- con intención y maldad. Este último romance, de carácter tan hermoso (y por ello más doloroso), tuvo la singularidad de que sentí por primera vez que había dado con la persona ideal, una persona con la que yo me sentía verdaderamente ligado moral y físicamente. Mis relaciones amorosas se han visto frustradas por el mismo principio: que yo no tenía manera de encajar a esas mujeres en mi historia, o que yo no encajaba en la suya. En mi ficción no cabían esas realidades. Yo nunca terminaba de estar contento, no terminaba de verme (en un sentido casi literal) como ese personaje en la narración de sus vidas --y a la inversa igual. Me convencí hasta tal punto de que siempre sería así que después de mi amor más longevo (que acabó en verano de 2019), asumí ya que no tendría pareja estable jamás. Y la fortuna, después de mi último y estéril intento por pertenecer a una historia, a una vida, ha confirmado aquella primera convicción, dejándome desde el verano de 2021 en este otoño eterno donde ni hace frío ni calor, y donde el lado más físico de la pasión amorosa ha tenido que ocupar el espacio debido a la comunión espiritual, a la formación de una historia de amor que sea, propiamente, una historia.

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